miércoles, 8 de mayo de 2013

Esta foto tiene ya 25 años. Don Manuel Joaquín Herbá Meizoso no pudo estar en el encutro de San Juan de Ávila, pero no deja sus palabras a los 25 años de su ordenación


Sr. Obispo

Estimados compresbíteros.

Los archiveros diocesanos funcionan con la precisión necesaria para constatar que hace 25 años recibí la ordenación sacerdotal de manos del hoy Beato Juan Pablo II en la Basílica Vaticano como presbítero de la diócesis de Tenerife.

Tras estos años el tiempo no perdona y siento el decaer natural de las fuerzas que entonces ostentaba. También percibo y percibimos todos la pérdida de presencia y fuerza de nuestra Iglesia en esta sociedad. En estos años he visto el cansancio, el desánimo y, con dolor, incluso el abandono del ministerio de algunos compañeros sacerdotes. Pido perdón todos los días porque no soy mejor que ellos.
Mi vida como sacerdote no ha sido para nada lo que había imaginado. Para empezar tuve que estudiar en el Bíblico de Roma por insistencia del entonces Obispo D. Damián que hubo que vencer toda mi resistencia. De vuelta a la diócesis con mi flamante título en Escritura me hacen Juez Diocesano, y ahí llevo más de 20 años lidiando con un trabajo ajeno a mis estudios y que ocupa unas buenas horas de mis jornadas, horas que hoy han crecido agobiantemente. Cuando disfrutaba feliz y apaciblemente de la parroquia de Las Mercedes —un paréntesis de vida normal— otro Obispo, también venciendo mis resistencias, me envía a construir un templo en Santa Cruz de Tenerife. Allí nadie sentía la necesidad de una parroquia ni de un nuevo templo, viéndome obligado a convertirme en promotor inmobiliario y montar una empresa para lo que estaba menos preparado todavía que para lo de Juez Diocesano. Ahora me encuentro con dos parroquias tan sociológicamente dispares que cuando voy a la de arriba, los de abajo dicen: "prefiere a los pobres"; cuando voy a la de abajo, los otros dicen: "se va con los ricos". El clero se divide también en opiniones, pero yo, inexorablemente en medio. Finalmente el último Obispo me manda a un Instituto de Secundaria, para lo cual sí que no estaba en absoluto preparado; guardé el hebreo y el griego y desempolvé mi afición al fútbol que me parecía un instrumento más útil para las clases con los chiquillos. Por si fuera poco me veo imposibilitado para asistir a las reuniones arciprestales con lo que recibo todas las semanas el mónitum del cura de San José y una vez año el responso del prelado. Si no fuera tan poco adecuado para un célibe diría "cornudo y apaleado".

Nunca pensé que mi vida de sacerdote iba a ser así.

Amigos, ¿qué he ganado yo en estos 25 años? Me he hecho más viejo, con achaques que antes desconocía, y de graduarme en el Pontificio Instituto Bíblico acabé enseñando los Diez Mandamientos y el Padrenuestro a jovencitos traviesos. ¿Qué he ganado?

He ganado lo único que merece la pena ganar: he crecido en la certeza de Cristo de tal modo que puedo afirmar que la realidad no me ha defraudado en todos estos años. ¡La realidad nunca me ha defraudado! Esto me ha salvado de mí mismo y de la tentación del poder y del éxito, tan habitual entre nosotros como nos está advirtiendo el audaz Papa Francisco. Hoy me siento mucho más pobre y mucho más feliz que hace 25 años, porque sólo tengo a Cristo y la certeza que Él infunde en mi vida.

Mi agradecimiento hoy es para mis padres, para el Seminario y para el Movimiento Comunión y Liberación. Para mis padres porque me transmitieron la fe. Para el Seminario y todos sus formadores porque vencieron mi rebeldía  temperamental para darme la forma de sacerdote diocesano. Para Comunión y Liberación porque a través del carisma me hizo vivir y vibrar con lo que había recibido en la familia y en el Seminario.

Todos los días recito, al salir o entrar de casa, un poema de Ada Negri, que repito hoy con vosotros para que lo hagamos nuestro:

... la inefable certeza
de que todo fue justo, 
hasta el dolor, 
todo fue bien, 
hasta mi mal, 
bien de que para mí 
Tú fuiste y eres todo.

Gracias.